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lunes, 31 de diciembre de 2012

ASESINATO EN LA CAPILLA




Déjenme que les cuente el increíble asesinato que recién tuvo lugar en nuestra capilla.

Este año, he armado el Pesebre de Navidad del lado del altar de san José. Me entretuve colgando los viejos adornos de siempre de unas infraestructuras tan firmes como los tambaleantes puentes, viaductos y cruces de autopista de un Quebec que se está haciendo viejo. El burro de yeso es uno de los personajes de más peso de ese Pesebre. Es un pilar, diría yo. Pues bien, tuve la buena idea de ponerlo sobre la punta de una tabla que no estaba clavada. El tipo se cayó al piso y se rompió en mil  pedazos.

Eso me dolió bastante porque le tenía mucho cariño a ese animalito de venerable edad cuyos ojos reflejaban la bienaventuranza de los mansos.  El buey era inconsolable. Me trató de asesino. Confesé mi crimen a toda la casa y salí disparado a recorrer los almacenes para buscarle un sustituto a mi burro difunto. Pero como la religión ya no es lo que fue, a los burros de pesebre ya no se les ve ni la punta de una oreja. Entonces volví a casa con las manos vacías.

Entretanto, un joven colega de 83 años, que pasó su vida haciendo el bien en el Japón y que ahora se dedica a hacer trabajos menudos, fue al lugar del crimen a  recoger los trozos del animal roto. Con una paciencia de ángel, logró reconstruir al difunto. ¡Literalmente lo resucitó! Yo no lo podía creer. Mi burrito había vuelto a ser como antes, a excepción de algunas cicatrices. Pero había sido pintado de nuevo, lo que lo rejuvenecía. ¡Aún el buey le envidia el nuevo look...


Con motivo de las Fiestas, acostumbramos desear lo mejor a todo el mundo, aún cuando sabemos que nada va a cambiar.  De hecho, ¿cómo recomponernos cuando tenemos huesos rotos en el cuerpo, en el corazón, en el alma, en la familia, en la sociedad, en la Iglesia, en el Gobierno y en un mundo que está cada vez más patas arriba? …

“No se desesperen”, nos dice el burrito resucitado, “peguen primero los  pedazos rotos, y después verán. ¡Todo es posible! “ 

                                                Eloy Roy

lunes, 17 de diciembre de 2012

PARA QUE RENAZCA EL MUNDO



A mis parientes y amigo/as de la gran familia humana:

                                                         Navidad de cada día


Yo buscaba una forma sencilla y profunda de expresar mis felicitaciones de Navidad y de Año Nuevo, cuando un ángel del Chaco, en Argentina, me envió un “you tube” del Paraguay que quiero compartir con ustedes.

Ya saben lo que pienso de los pobres. Para mí son el futuro del planeta. La mayor riqueza del mundo son ellos. Una riqueza inmensa desesperadamente ignorada, y a veces despreciada. Yo creo que si a los pobres les diéramos un chance de verdad, la humanidad entera volvería a nacer.  

Se pensará que sueño despierto, o que exagero (como si eso me pudiera ocurrir…), sin embargo, estoy seguro de que con creatividad, buena voluntad y alegre pasión por lo justo, lo bueno y lo hermoso, grandes milagros se podrían obrar.

Miren un ejemplo espléndido de ello (entre muchos, seguramente) haciendo clic sobre este enlace:


Les aseguro que el famoso “misterio” del Pesebre de Navidad y el mismo meollo de la Buena Noticia de Jesús se encuentran traducidos en carne y hueso en esta pequeña película.

Allí se encuentra también todo lo que nos podemos desear de mejor para Navidad, para el 2013, y para lo que queda de tiempo a este mundo antes de que se borre su huella en el devenir de las cosas.
                    
                                      Con Amor,

                                                    Eloy

martes, 27 de noviembre de 2012

TIERRA




Son demasiados los hombres y las mujeres que, soñando con una Buena Noticia para toda la Creación, siguen cerrando los ojos sobre la muerte lenta de la Tierra.



Soy de tierra, de agua, de fuego y de aire. Estoy hecho de  pájaros, de ramas, de peces y de insectos. Soy lo que como: hierbas, metal, polvo caído de remotas galaxias. 

El sistema solar, el planeta Tierra, las plantas, los animales, los humanos, mi propio cuerpo, estamos conectados por una infinidad de partículas de la misma naturaleza. Una misma energía nos anima y nos propulsa en la grandiosa danza del cosmos.

Soy hijo de la tierra, del agua y del fuego y mi respiración hace de mí el hermano del viento. Por la carne y la sangre, por todas las células, las fibras  y las energías de mi ser estoy vinculado   con el universo. Mi respiración es el cordón umbilical que me conecta con él, y mi boca de él se alimenta.

Antes no éramos más que unos polvos en la inmensidad del  universo,  pero ahora que algunos de nosotros logramos  organizarnos y crecer, nos comportamos como si fuéramos el ombligo del mundo. Nos hemos constituido como medida, centro y fin de nosotros mismos. Se nos subió el humo a la azotea y nos quedamos bastante embromados.

Hay hombres y mujeres que se empeñan en querer sacarnos de ese lío. Sueñan con algo que sería una Buena Noticia para toda la creación. Pero casi todos cierran los ojos sobre la muerte lenta de la Tierra y de sus hijos. Saben cantar responsos pero de resurrección no hablan sino apenas de la de un cierto Jesús muerto hace dos mil años, y del que alguna gente declaró que ha vuelto a la vida.

Rezan salmos, leen  cosas escritas por otros, pero no se arriesgan a formular una palabra nueva. Machaconean viejas tesis más o menos recicladas, sin largar la palabra que podría despertar al ser humano que nació revestido de estrellas y de rocío y que la soledad y la desazón de nuestros tiempos han encerrado en la tumba.  

No se animan a decir que Jesús está hecho de tierra. Temen afirmar que nuestro mismo mundo está amasado de Dios. En vez de observar cómo la Palabra creadora germina primero en la carne y la sangre de nuestro mundo, se sigue luchando para descifrar antiguas escrituras que a duras penas pocos mortales  logran entender.

Mucho se habla de Dios, pero poco se lo escucha. Él habla sobre todo por el silencio, pero también por el fuego y el viento, por la lengua del agua, del aceite, del pan, del vino, por la lengua de las semillas, de los árboles, de los pájaros, de los pescados, de los animales. ¡Y por la lengua de las piedras!  Todas esas criaturas han escrito luminosas líneas del evangelio.

Hoy en día esas lenguas siguen hablando, al menos allí donde la Naturaleza no ha sido aún sepultada bajo el asfalto, el hormigón, las tuberías, las chimeneas, o por la arrogancia de  filosofías y teologías poco propensas a valorar el barro con el que Dios nos ha hecho.

Si Dios existe y es el creador del inmenso mundo que habitamos, ¿cómo su corazón no va a desbordar de ternura por la más pequeña hormiga y por el más pobre de los humanos? 

¿Cómo no se le van a  “remover las entrañas” al mirar  nuestra Tierra? Ella es muy pequeña también. ¿Acaso, no es su ovejita preferida entre tantos planetas e importantes estrellas de su inconmensurable rebaño?

Pregunta Jesús: “Si alguno de vosotros pierde una oveja de las cien que tiene, ¿no deja las otras noventa y nueve para ir en busca de la que se perdió hasta que la encuentra?” (Lucas 15, 4).

La Tierra es la oveja que hemos perdido. Sin ella nosotros mismos estamos perdidos. Redescubrirla y cuidarla es capital. A esta aventura grandiosa nos urgen Dios y la Historia.

Caminos hacia el cielo no los hay si no pasan por la Tierra.

Porque todo es UNO.



                                                                           Eloy Roy

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Genocidio argentino y Jerarquía católica: ver Carta del Secretariado de los Curas en la Opción por los pobres  a la Conferencia episcopal argentina

sábado, 10 de noviembre de 2012

EVANGELIO ROBADO


PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

  A través de los gritos y silencios de  los empobrecidos y 
 empobrecidas de la Tierra es el mismo Dios el que nos
habla. La "nueva evangelización"  tendrá que hacerse 
  eco de esa voz, si no, será un aborto más.


     Lázaro (Lucas 16, 21)


A LOS EMPOBRECIDOS Y EMPOBRECIDAS LES ROBAMOS HASTA EL EVANGELIO

Pues, nada que hacer. El evangelio no me pertenece a mí, ni a los intelectuales, ni a la gente de iglesia, ni a los expertos en Biblia, ni a los “televangelistas”, ni a los curas, ni a los obispos, ni a los papas.

El evangelio pertenece a los empobrecidos y empobrecidas del mundo.

El alma del evangelio es Jesús y Jesús es un pobre.

Jesús vivió, luchó, se desvivió haciéndose solidario del pobre, compañero, amigo, compinche, hermano, defensor del pobre.  Peleó por los pobres. Murió pobre entre los más pobres.

Así como el sol brilla para todos, buenos o malos, ricos o pobres, así Dios ama a todos, dijo Jesús sin, por eso, identificarse con los malos ni los ricos. Se identificó con los pobres. Él quiso llegar al corazón de todos, pero a través y a partir  de los pobres.

Se identificó con los pobres haciéndose uno de ellos. Hizo suyos sus sufrimientos y sus esperanzas. Y si amó a todos los demás, fue desde los gritos y los sueños de ellos. Pues son los pobres los que inspiraron a Jesús las Bienaventuranzas y lo del Reino, que son ambos el corazón palpitante del evangelio.  Sin los pobres, el evangelio simplemente no existe. Y Jesús tampoco.

Él amó a los pobres hasta meterse por entero en la tarea de brindar una vida nueva a todos los rechazados que se le cruzaban por el camino. Se fijaba en ellos como en personas que tienen un nombre y un rostro. Él representaba para ellos la posibilidad de tomar la palabra y de gritar su verdad. Él les escuchaba. Les abría los brazos, les tendía la mano, les levantaba. Sobre los pasos de Jesús florecía la vida. 

Y cuando Jesús se cruzaba con algunos ricos que explotaban al pueblo,  no los maldecía. A veces iba a  banquetear con ellos. Pero se presentaba a ellos como pobre, tal como era. No cambiaba su discurso para complacerles. Incluso aprovechaba la oportunidad para decirles unas cuantas verdades. Sin escándalos, pero tampoco con componendas.

Si Jesús es la Palabra creadora de Dios sembrada en nuestra tierra, esa Palabra no puede sino ser la palabra de los pobres. Para oír la palabra que Dios dirige a los humanos, hay que escuchar a los pobres.   Para conocer a Dios hay que conocer de verdad a los pobres. Para acercarse a él, hay que acercarse a los pobres. 

Pero los pobres no son todos unos santos. Entre ellos los hay que  son antipáticos, repugnantes, tontos, malos, falsos, aprovechadores, haraganes, envidiosos, arrogantes y violentos. Para colmo, casi todos sueñan con ser como los ricos.  ¿Cómo Dios puede hablarnos a través de esa masa de gente pobre mezclada con puros "desechos” de la humanidad? 

Pues bien, ¿cómo Dios nos puede hablar  a través de aquel “desecho” humano llamado Jesús? Él fue excomulgado por  su comunidad, fue torturado por rebelde, condenado por blasfemo y por subversivo, y crucificado por ser  enemigo de Dios y de la Patria. Y, a pesar de ello, ese “desecho humano” que sigue colgando de los crucifijos, es venerado por los cristianos como el “Salvador” del mundo. ¿Acaso, no es esa  la suprema Palabra de Dios en nuestra carne mortal,  a saber que Dios nos salva a través de los rechazados del mundo?

Se puede discrepar arguyendo que Jesús era inocente, a la inversa de  los pobres que son pecadores igual a los demás. Esto es cierto. Pero no es justo echar a los mismos pobres la culpa de su pobreza. Ellos también son inocentes.

La verdad es que los pobres son criaturas de un sistema delirante y perverso que desde hace siglos los fabrica por centenares de millones con la única finalidad de enriquecerse más y más.

Ese monstruo crece sin parar con toda impunidad, gracias en particular a  la complicidad de una multitud de “buena gente” como nosotros que aún seguimos creyendo ciegamente en la virtud de los más fuertes y en los milagros de la guerra y del dinero. Mientras pretendemos ser unos puntales de la democracia y del cristianismo. Incluso pedimos a Dios que bendiga todo aquello.

En un mundo  rebosante de riquezas, la pobreza es un crimen abominable contra la misma humanidad. Y las víctimas de ese crimen no son extraterrestres sino millones de personas  vulnerables que  son los propios miembros  de nuestro cuerpo.

Dejemos, pues, que el grito de los pobres nos perfore  el corazón. ¡Ojalá sus lacras nos espanten y  sus sufrimientos nos duelan hasta hacer reventar la gruesa burbuja de nuestra confortable tranquilidad! 

La nueva evangelización tiene que edificarse sobre las  expectativas reales  de  los empobrecidos y empobrecidas de la Tierra, si no se derrumbará como aquella casa de la que Jesús dice que había sido construida por un tonto; el primer temporal se la llevó como un castillo de naipes porque no tenía sus cimientos asentados sobre roca sino sobre arena (Mateo 7, 26-27).

                                                                Eloy Roy

sábado, 27 de octubre de 2012

PARA UNA EVANGELIZACIÓN REALMENTE NUEVA


Un simple detalle respecto a la "nueva" evangelización: dentro de una sociedad en la que la laicidad es prácticamente norma, 
la iglesia, que es masivamente constituida de laicos, 
no debería sentirse como pez fuera de agua,
pues la iglesia católica está formada de 
99.9997% de laicos, 
y ¡Jesús es uno ellos!


            UNA IGLESIA CATÓLICA Y... LAICA




El vocablo “laico” es un viejo término que la Iglesia utiliza para designar a sus miembros que no forman parte del “clero”.  A escala mundial, el clero católico cuenta alrededor de 413 000 miembros, mientras que el número oficial de laicos – por cierto no todos practicantes- asciende a más o menos 1 195 600 000.

Ya que  el clero representa el 0.0003%  y los laicos, el 99.9997%, pende de un pelo que la iglesia católica sea enteramente laica.  

Él mismo Jesús no formaba parte de ningún clero; no era sacerdote. En nuestro lenguaje, era “laico” (Hebreos 8, 4). Aunque después de su muerte, la fe de sus seguidores lo haya proclamado sacerdote para servir de puente entre Dios y los humanos, Jesús, mientras vivía en la tierra, no fue más que un laico. 

Lo cual no impidió que fuera religioso. 

Pero religioso ¿de qué religión?

La religión del laico Jesús era la de sus antepasados judíos tal como la entendía la gran mayoría de la gente religiosa de su pueblo. Pero, dentro de esta religión, Jesús hacía papel de verdadero revolucionario. Decía y hacía cosas que sorprendían.

¿El Dios de los antepasados? Sí, decía él, pero no exactamente como lo ven. ¿La religión heredada de los sabios y santos? Sí, pero no exactamente como la entienden.

Dios no tiene dueños. Nadie tiene el derecho de encerrarlo  en los conceptos y las declaraciones de ninguna época. No se le puede guardar en una jaula de hierro cuya llave quedaría para la eternidad en manos de una casta de individuos ungidos para ser los intérpretes exclusivos y los portavoces infalibles de él.   

El Dios que vive es el Dios de hoy para los humanos de hoy. No alumbra primero por medio de leyes y tradiciones del pasado, por muy sagradas que sean, sino por su Espíritu, que no se puede encadenar, pues no es una cosa fija. Por lo contrario, él es la energía creadora del mundo. Está  siempre en acción. Sopla en todas las direcciones del universo. 

El Espíritu de Dios no lleva bandera. No obedece a las normas de ninguna religión en particular y de ninguna secta. Es como el viento. No conoce barreras ni fronteras (Juan 3, 8).

Este Espíritu, Dios lo derrama amplia,  alegre y gratuitamente sobre todos aquellos y aquellas que tienen hambre y sed de colmarse de vida (Joel 3, 1; Hechos 2, 14-17; Lucas 11,13).

Los molestosos cuestionamientos del laico  Jesús exasperaron tanto a los “dueños” de la religión (o sea el clero de su época) que rápidamente se lo sacaron de encima mandándole a crucificar.  

Tras el laico Jesús,  tenemos el deber nosotros también de distinguir entre religión y religión, entre iglesia e iglesia.

Existe una iglesia que sabe hacer esta distinción.

Siguiendo al laico Jesús, y dentro de la gran corriente de la laicidad de la sociedad moderna, esta iglesia se pone al servicio de la libertad de los humanos. No acepta más que haya separación entre lo sagrado y lo profano, entre  clérigos y no clérigos, cristianos y paganos, hombres y mujeres.

Esa iglesia,  no solo no teme conciliar los grandes valores  del mundo moderno con el evangelio, sino que, muy al contrario, estimulada por ellos, reanuda con el increíble espíritu de libertad de Jesús y las más hermosas audacias de los primeros testigos del Evangelio.

Ahora bien,  esta iglesia no es herética ni cismática. Es genuinamente “una, santa, católica, apostólica” y… ¡LAICA!

Sacerdotes, obispos, religiosos y religiosas forman parte de esta comunidad de laicos en la que prestan servicios determinados, sin hacerse por ello los amos de la misma. 

La laicidad moderna, de por sí, no se opone al evangelio. Puede mirar con ojo crítico, pero no suele burlarse del testimonio glorioso de centenas de millares de hombres y  mujeres de iglesia que, durante siglos,  y por amor al evangelio de Jesús, se han echado entre pecho y espalda la miseria del mundo. Lo que rechaza es el  clericalismo.

No sin razón, los laicistas se sublevan contra el sistema eclesiástico que, acorazándose abusivamente detrás del evangelio, desarrolló un poder inmenso, absolutamente  extraño al propio evangelio.

Convencido de ser conducido por la mano de Dios, este poder, durante siglos,  no escatimó esfuerzos para imponer su dominio a toda la sociedad. Resguardándose detrás de un derecho pretendidamente divino, nunca se molestó demasiado en pisar las libertades más elementales de la persona y de la comunidad humana.

En reacción a esta amenaza del control de la religión sobre todos los aspectos de la vida humana, el mundo laico moderno no admite que el gobierno de los  pueblos se someta  a los dogmas de toda especie de ayatolas,  incluyendo a los ayatolas católicos… Porque el mundo moderno es, antes que nada,  la comunidad humana que se hace cargo de sí misma y asume la plena responsabilidad de todo lo que la atañe.

Aunque muchos de sus partidarios no sean creyentes, la laicidad del mundo moderno no se opone tanto a Dios como a lo que avasalla la sociedad, la infantiliza, la vuelve dependiente de absolutos que hacen peligrar el ejercicio de su libertad y de sus derechos.

La laicidad del mundo moderno no es una amenaza a Dios, ya que ella misma es la madre de las libertades civiles, de las cuales van al frente la libertad de religión y la libertad de conciencia.


De hecho, dicha laicidad, que no se identifica con ningún credo o religión, hace un gran favor a los cristianos. Porque la gloria de ese Dios de Jesús, del que los cristianos tienen la misión de dar testimonio, se puede comparar a la gloria de todo buen padre o madre de la tierra. Después de haber sufrido con sus hijos para que se emancipen y se liberen, los padres no tienen orgullo más grande  que verlos volar, por fin, con sus propias alas.


¿Emanciparse de Dios, liberarse de él? ¡Qué satanismo! Pero no, pues nadie se puede liberar de Dios, porque Dios es pura libertad. Y el varón y la mujer son su imagen.


Las personas que creen en Dios que es la fuente inteligente y amorosa de todo lo que existe,  saben muy bien que este Dios, contrariamente a lo que se dice, cree en el ser humano. Tiene una confianza profunda en los seres de carne que somos, a pesar de que a menudo lo rechazamos y crucificamos la vida.

Los creyentes de este Dios saben que la humanidad no está trabajada solo por fuerzas de destrucción sino que también por grandes energías de sabiduría y de vida. Saben que el mundo de los humanos tiene todo cuanto necesita para realizarse en medio de sus contradicciones, y que un día saldrá  victorioso. Con heridas, por cierto,  pero rebosando de vida.   

Si no, ¿cómo podrían creer aún que el Espíritu de Dios llena el universo y que él mismo da aliento al gran proyecto de la humanidad? …

Es aquí donde el mundo laico, sin darse cuenta, sintoniza con el laico Jesús, el que nunca ha admitido que en nombre de Dios o de leyes supuestamente divinas, el más sencillo de los mortales esté perseguido, discriminado, oprimido, marginalizado o abandonado. El que por haber “emancipado” a mucha gente cuyas espaldas doblaban bajo la carga que les imponía el mundo religioso, fue, a causa de ello y por ello, asesinado por…la religión…

Gracias a Dios, existen actualmente en la Iglesia católica  corrientes que se sitúan en esta línea “laica” según el espíritu de Jesús… Y eso, bajo las mismas narices de venerables “padres” que desde sus cátedras se rasgan las vestiduras, multiplican  advertencias y amenazas y condenan al limbo a esos atrevidos que rasguñan su poder.  

Se sabe también de otros padres que bendicen discretamente  a esos “perturbadores”. Como la valentía no es su carisma, lo hacen con infinita discreción hasta que los vientos les sean favorables…

Lo cierto es que va a venir el  día en que, sobre todos los techos, se escuchará de nuevo una iglesia liberada de sus trabas proclamar con credibilidad que “ Dios tanto ama a nuestro mundo  - con sus errores, sus sueños, sus audacias y sus bellezas -  que le da su hijo, no para condenarlo, sino para que por él halle vida (Juan 3, 16-17), y la halle  en abundancia” (Juan 10, 10).

Esta es la palabra que el mundo moderno tiene sed de oír. Una palabra verdaderamente buena,  que libere y sea fuente de un constante renacer.

                                                                
                                                    Eloy Roy

martes, 16 de octubre de 2012

A LOS CINCUENTA AÑOS DE UN CONCILIO EN QUIEBRA…



 IGLESIA TITANIC Y NUEVA EVANGELIZACIÓN



Querida Iglesia, ya no eres la barca de Pedro, sino una vetusta nave de la orgullosa y ahora difunta  White Star Line. Imbuida de tus glorias pasadas, te crees insumergible ya que dices: ¡“Soy infalible! ”… Abre los ojos. La banquisa está allí muy cerca, sobre tu derecha.

A tu barco dale enseguida un vigoroso golpe de timón hacia la izquierda, si no te vas a hundir como el Titanic, tú, la reina de los mares, tú, la nueva Tiro… (Ezequiel 27, 25-36).  El deber de conversión es también para ti, sabes.

Es cierto que por la izquierda se corren grandes riesgos, pero hoy en día es allí donde se encuentra el pescado. Porque es allí  donde  late el corazón, el sueño, la utopía, la intuición de ese Reino, por el cual Jesús dio su vida. O haces rumbo a toda máquina hacia estas tierras mal desbrozadas que necesitan de ti, o te vas a pique al fondo del mar.

Desde Marshall McLuhan, todo el mundo sabe que “el medio es el mensaje”, o, si prefieres, “el mensaje es el mensajero”. De tanto no encarnar lo que intenta transmitir, el mensajero termina perdiendo toda credibilidad. Y al final, muchos le dan la espalda tanto al mensaje como al mensajero.

Hoy en día  mucha gente se burla de Dios y no le  presta más atención al Evangelio, porque la Iglesia, que se presenta al mundo como mensajera de ambos, ya tiene muy poca credibilidad.  

Qué conste, aquí no me refiero sino a la gran Iglesia en su aspecto imperial, con sus estructuras, su mentalidad, su forma de gobierno, su moral y sus parafernalias de épocas muertas. Y no, por cierto, a estos pequeños grupos de fieles lúcidos y valientes que, en varias partes del mundo,  encuentran aún la forma de seguir adelante a pesar de no ser tomados en cuenta por la gran iglesia, o de verse forzados a vivir al margen de ella.

Por de pronto, tú que te identificas tan “humildemente”… como la única y verdadera Iglesia de Cristo, has manifestado tu firme propósito de re-evangelizar a esta parte del mundo que has perdido. Nada más normal puesto que para eso has sido inventada. Pero hace treinta años que te propones lo mismo y no pasa nada.

Has de entender que para evangelizar no existen mil medios, sino uno solo: que tú misma te vuelvas Evangelio de pies a  cabeza, en tu corazón, en tus vértebras, en tus huesos, es decir, en tu forma de ser, de pensar, de vivir, de organizarte, de trabajar y de hablar.

El mayor obstáculo a tu proyecto de evangelización, no lo busques lejos, porque tú misma eres ese obstáculo. Mírate en el espejo y, con la mano en el corazón, dime  si Jesús se reconocería  en ti. ¿Puede uno  leer fácilmente sobre tus rasgos el Evangelio de Jesús? Te apuesto que no.  Sería como pedir a un analfabeto que descifrara unos jeroglíficos mayas o unos ideogramas chinos. Personalmente no puedo hacer tal lectura, a pesar de que yo tenga algunas nociones de chino…

Te suplico, deja, por favor, de confundir la Buena Noticia de Jesús con tu indecente y ridículo alineamiento con la augusta  sabandija que embauca y estruja al mundo.

Renuncia a tu obsesión enfermiza por el sexo, tema que en tus tribunas ha llegado a copar todo el espacio que por derecho divino corresponde exclusivamente al anuncio alegre de la Buena Noticia a los pobres y a los oprimidos.

Deja de ver enemigos por todas partes cuando, en realidad, no tienes peor enemigo que tú misma.

Además, antes de sentirte continuamente perseguida por el mundo entero, deja de acosar a los que muy afortunadamente no piensan del todo como tú.

Si, a veces, te cuesta demasiado predicar toda la verdad de Jesús ante los crímenes contra la humanidad que cada día se cometen en el mundo, sería mejor que te calles. Pues de tanto adaptar el evangelio a tus intereses de clase, lo has vuelto estéril y tan nefasto como la mentira.

Si, por fin, se te ocurre que haya en ti cosas que no se pueden ni se deben cambiar, ten por seguro que realmente te estás tomando por Dios y que por lo tanto ya no se puede esperar nada de ti (Ezequiel 28, 1-19).

Pero sigo pensando que todavía puedes esquivar la banquisa, si  quieres.
                                        
                                                      Eloy Roy, pecador

viernes, 5 de octubre de 2012

PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN



 LA MUJER ENCORVADA



La mujer no podía enderezarse.  Hacía dieciocho años, dieciocho siglos, milenios  que andaba doblada, agachada, encerrada en sí misma, amarrada.

Era obra del mandinga, decía la gente, pues no era un secreto que las mujeres  tenían inclinación hacia él. Pactaban  con él para hacer cosas raras. Curaciones, por ejemplo, dar a luz, ver cosas…

Primero hemos tapado a las mujeres de pies a cabeza y las enclaustramos. Muchas fueron apedreadas porque se creía que eran pocas las que no tenían algo de putas. Imputarles los defectos y pecados de los hombres era lo común. Si un hombre  violaba, estrangulaba, destrozaba, mataba, enseguida se decía: “busquen a la mujer”…

Luego las hemos quemado vivas. ¿Caía una desgracia sobre el pueblo? Era culpa de alguna bruja. Se lanzaba entonces una caza de brujas hasta dar con una. Si una mujer tenía demasiado cariño a algún gato,   si salía a recoger hongos extraños por los bosques, si iba mucho a misa o iba demasiado poco, si tenía los ojos enrojecidos (¿cómo no,  si las pasaba cocinando encima de las llamas del hogar? Pero no se pensaba así tan lejos…); si tenía una verruga o alguna mancha rara sobre el cuerpo, esa mujer, con toda seguridad,  era bruja.  Se la quemaba viva en la plaza del mercado. Muerto el perro, se acababa la rabia… No más granizo, no más gripe, no más incendios, no más males de dientes en el pueblo. Por un momento al menos. Todo el mundo estaba contento.

Durante dieciocho siglos, o milenios, a las mujeres se les ha obligado a  vivir dobladas,  replegadas sobre sí mismas, atadas. Se las sometía a tareas repugnantes y a trabajos muy duros.  E incluso a la mutilación, como sucede en algunas culturas.  O a la violación, a la esclavitud sexual y a los crímenes de honor, como sucede aún todos los días. Cientos de millones de mujeres no han podido nacer, o fueron matadas al nacer, por el único “error” de no ser varones. Porque no ser varón y ser mujer nomás, para  muchos aún, es una tara, un accidente de la naturaleza o, en el mejor de los casos, un mal necesario.


Las mujeres tenían el derecho de ser sirvientas, juguetes, muñecas o trofeos del varón. Tenían el deber de hacer gozar al varón y darle descendientes, pero ellas mismas no debían gozar.  Por cierto, los varones querían a las mujeres, pero en esas condiciones.

Ellas podían bordar y tocar piano, pero los grandes estudios les estaban prohibidos; no podían hacer cheques ni firmar contratos,  ni votar. Para entrar en una iglesia debían envolverse en miles de trapos.  

Puesto que esa era la triste suerte de las mujeres, no extraña el que, hasta hoy en día, el buen judío ortodoxo, al salir de la cama, haga esta oración a Dios, cada mañana: “Te doy gracias, Señor, por no haberme hecho mujer.”

En nuestras sociedades menos tradicionales, las cosas han cambiado. Tras luchas épicas, llevadas sin armas y sin derramar una gota de sangre, las mujeres lograron por sí solas conquistar el reconocimiento de su dignidad y de sus derechos esenciales. Pero mucho camino queda aún por recorrer  para que las mujeres de todas partes sobre el planeta sean felices de ser mujeres.  

En América Latina, en donde se encuentra la mayor concentración de católicos del mundo, las mujeres llenan las iglesias. Sin ellas, la Iglesia se habría muerto.  Pero allí, como en otras partes del mundo, la alta jerarquía ha decretado que, cuando la mujer fue creada por  Dios, él la hizo irremediablemente incapaz de celebrar una pobre misa. Eso estaría inscrito para la eternidad en el genoma femenino…

Esta misma jerarquía está actualmente movilizando todas las fuerzas de la Iglesia para largar una “Nueva evangelización” a escala mundial. Pues bien, mal que les pese a estos señores, aquí va una Buena Noticia de parte de Jesús que no vendría mal que la inscriban para la eternidad en el genoma de la Iglesia:

Una mujer estaba allí. No pedía nada. Hacía dieciocho años que  vivía doblada en dos, encerrada en sí misma, amarrada. “Estaba tan encorvada que no podía enderezarse de ninguna manera” Jesús la vio y se conmovió hasta las tripas. Extendió sobre ella su mano fraternal y le dijo: ¡“Mujer, quedas liberada! ”   Al instante la mujer se incorporó y quedó derecha como un árbol. (Lucas  13, 10-14).

La alta jerarquía arremetió enseguida contra Jesús por haber  curado a alguien justo un día sábado. Aquello estaba terminantemente prohibido en virtud de la alta sacralidad de ese día. 

Con los obsesionados de lo sagrado y guardianes de lo “inmutable” es siempre lo mismo: una mujer vale menos que un burra o una vaca (por favor, leer bien el texto), y todo lo que no está controlado por ellos es obra del diablo.

Irónicamente, fue por  amarrarse a leyes o creencias “inmutables” como nuestra pobre Iglesia (que por otra parte hizo cosas muy buenas en su historia)  logró convertirse a sí misma en una vieja mujer completamente encorvada.  Esperemos que la Buena noticia de Jesús con relación a  ese problema le dé ganas de enderezarse y ponerse de nuevo a crecer derecha como un árbol. Y que, al nombre de  Jesús, en todas las iglesias del mundo y fuera de ellas, las mujeres de la Tierra gocen de la entera libertad de andar sin miedo y con la frente en alto. Y que puedan dar misas si a Dios le gusta.

Seguro que a Dios le ha de gustar puesto que a la mujer, al igual que el varón, él mismo la creó a “su imagen y semejanza” (Génesis 1, 26-27).

                                                               Eloy Roy

lunes, 17 de septiembre de 2012

EL SÍNDROME DE LA ALONDRA DESPLUMADA



Todos sabemos que para crecer hay que producir y para producir hay que consumir. Pero mientras el consumo es un motor de la economía, su forma exacerbada, llamada “consumismo”, es un verdadero flagelo. En realidad, cuando se llega a vivir para consumir en vez de consumir para vivir, el consumo se torna en un cáncer sumamente maligno que lleva la sociedad a autodestruirse. 

Al consumir como bestias insaciables, engordamos a los que nos están devorando. Éstos son los Bancos, las multinacionales, los paraísos fiscales (y sus 30 trillones de dólares que escapan al impuesto) y aquellos lobbies que, en todos los países del mundo, se injieren en la economía (y por ende la política) de manera que los accionistas de las grandes empresas salen siempre ganando. Es así como nosotros mismos somos los que engordamos a los gordos que constituyen el 1% de la fauna humana, y enflaquecemos a los flacos que son el resto de la humanidad. 

Mientras más compramos, más damos de comer a esas máquinas que producen una enorme cantidad de cosas inútiles y aún nocivas que ya no caben sobre el planeta y que cada vez más nos atascan en las deudas. Para salir del pozo tenemos que matarnos… Y, mientras desarrollamos, entre mil neurosis, enfermedades más raras unas que otras, cada día el medio ambiente, que es la rama sobre la que estamos sentados, sigue haciéndose serruchar siempre un poco más. 

Para mejor entender esa mecánica de la que somos indiscutiblemente una pieza clave, les contaré otra pequeña historia de pájaros que un amigo sacó del Internet para mí. Es atribuida a Luther Burbank, un famoso botanista norteamericano (1849-1926). 

       Había una vez una alondra a la que le gustaba mucho
       volar, pero odiaba escarbar el suelo para sacar las
       lombrices que necesitaba para su alimento. 

       Un día, dio   con un hombrecillo que gritaba: “¡Vendo
       lombrices! ¡Dos lombrices por una pluma!” Sin pensar
       más, la alondra arrancó una pluma de sus alas y la
       cambió por dos lombrices. Se comió los bichos con 
       mucha satisfacción y se felicitó por el negocio. 

       Al día siguiente buscó de nuevo al hombrecillo y le 
       entregó otra pluma a cambio de dos lombrices. Esto se
       repitió día tras día durante varias semanas. Al final la
       alondra realizó que no le quedaban plumas para volar. 

       Al cambiar sus alas por un puñado de lombrices se
       había condenado a arrastrarse por el suelo sin poder 
       levantar vuelo. Había cambiado su libertad y su alma de 
       alondra por un plato de lentejas… 

Los individuos y las naciones que consumen como locos, sobrecargando por demás sus tarjetas de crédito, van inexorablemente por el camino de aquella infeliz alondra… 

Es bueno recordar que el Evangelio de Jesús abre camino hacia la vida en sobreabundancia, pero dicho camino no es siempre una autopista. Sin lugar a duda Jesús, que es sabio y nos ama, quiere preservarnos como de la peste del consumismo y de su infeccioso retoño: el “síndrome de la alondra desplumada”. 

                                                            Eloy Roy

sábado, 8 de septiembre de 2012

LA “EVOLUCIÓN” SEGÚN JESÚS




Sumisos a la ley del crecimiento, todos los vivientes del planeta Tierra se van realizando por etapas, a menudo sin choques  y a veces por saltos y aún explosiones.
Desde un principio, la persona adulta se encuentra en la niña o en el niño que una vez fue,  pero aparece “hecha” por completo sólo tras una serie de transformaciones largas y profundas.  Desde el vientre materno hasta la tumba, la persona se convierte poco a poco en otra, sin, por eso,  dejar nunca de ser la misma.
 Algo parecido sucede con la humanidad entera. Tratándose de una entidad inmensa cargada de vida, ella también está en crecimiento permanente. Como el individuo, la humanidad surge de la noche profunda de una infancia inconsciente y se dirige a través de múltiples crisis hacia la plena conciencia de la madurez.  
Cuando alcance la cumbre de este largo proceso de transformación, empezará a declinar para terminar apagándose.
Pero podría ser también que no se apague. Un instinto que se resiste a toda forma de extinción radica en las profundidades del ser, una intuición sutil, más o menos intensa, de que otra cosa va a prorrumpir.
Esta “otra cosa”, el Evangelio de Jesús lo confirma con una seguridad asombrosa. Sólo de eso habla Jesús. Su enseñanza está enteramente enfocada hacia ello.
Para él, la gran aventura humana es “preñada” de una realidad que se encuentra a la mera raíz del ser;  crece con él  y termina por sobrepasarlo hasta el infinito.  Le pone de nombre “el Reino de Dios”.
Esta aventura de origen extremadamente modesto, se desarrolla lentamente en el tiempo para convertirse finalmente en una verdadera apoteosis. “Apoteosis” quiere decir “divinización”.
Lo que Jesús nos transmite desde sus entrañas, es la inquebrantable certidumbre de que  nuestra realidad de “terrosos”, nacidos del polvo y destinados al polvo,  es asumida graciosamente por el Espíritu de Dios y transformada en la  luz más pura  de una comunión plena con el Ser íntimo del mismo Dios.
Esta intuición, este instinto, esta realidad misteriosa de pura gracia se encuentra escondida en el ser de todos los humanos, en su historia y en el cosmos entero como una semilla sembrada en la tierra. Se parece a una hortaliza que, en un principio, no pinta nada  pero que,  al cabo de cierto tiempo, crece más que todas las demás plantas de la huerta para la alegría de los pájaros del cielo.
Con ese lenguaje de granos pequeños que se convierten en arbolitos, y esas semillas que se convierten en pan, y ese poco de levadura transformando toda la masa, y ese pan que se convierte en cuerpo del Viviente y ese vino que se cambia en su sangre, es como  Jesús nos plantea lo de “la evolución”  y nos habla de sus alcances que superan todo lo imaginable.  
Porque bien  se trata  de la “Evolución”, sí, de aquella evolución tan aborrecida por la soberbia y la ignorancia  de muchos; aquella misma que nos revela que no somos sino unos pescados que nos hemos convertido en monos (¿no es de admirarse?), y luego en  animales de cuatro y después de dos piernas, hechos para estar de pie, capaces de reflexionar, razonar, de soñar, de amar; capaces de gran poesía y de  increíbles hazañas. Y capaces asimismo de la más estúpida inconsciencia y de la más espantosa crueldad, pero, por la misericordia y pura bondad de Dios, capaces también de llegar a ser  criaturas deslumbrantes de luz hasta dar envidia a los propios ángeles…
Somos seres inacabados, seres en marcha, seres en devenir. No somos completos todavía,  no hemos llegado a nuestro fin, no hemos alcanzado  nuestra plena realización. Lo que somos hoy no es sino la sombra de lo que llegaremos a ser en el futuro.
Hay semilla de muerte en nosotros. Pero hay también semilla de vida. La Buena Noticia, es que esta semilla va a seguir creciendo hasta que la vida triunfe sobre la muerte. Y que eso, un día, se va a realizar en plenitud.                                                               
                                                                Eloy Roy




DIOS NO ES PROPIEDAD PRIVADA DE UNA CULTURA, DE UNA TRIBU O DE UNA NACIÓN. ES MÁS, NO ES PROPIEDAD DE NINGUNA RELIGIÓN, DE NINGUNA IGLESIA Y DE NINGUNA SECTA. SI DIOS NO ES EL DIOS DE TODOS Y DE TODAS, NO ES DIOS. NADIE TIENE DERECHOS RESERVADOS SOBRE DIOS. Eloy Roy