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miércoles, 30 de mayo de 2012

LAS PARTERAS


Salwa es bajita, algo gordita y encantadora como un ángel. Es religiosa y tiene 63 años. Ha venido a Montréal desde el Cercano Oriente para realizar un curso y los primeros fríos de noviembre ya la están haciendo sufrir. Para afrontarlos no termina de embutirse en sus hábitos de monja. 
                                                                  
Vestida de negro de pies a cabeza parece una simpática talibán envuelta en un católico ‘burka’.
Cuenta que es enfermera y partera. Durante sus 40 años de trabajo en Jordania y en el Líbano ha atendido 15 mil partos y… me dice al oído:
-He bautizado a 600 bebés musulmanes moribundos, a escondida de sus mamás, ciertamente. ¿Crees que hice bien? Mi obispo me dijo que sí.
Le he contestado que eso era piratería y ha sonreído a su vez no sin un rayo de sorpresa en sus ojos pícaros.
Le explico entonces que cuando se creía que los niños que morían sin bautizar eran enviados a un lugar poco acogedor llamado “limbo”, las personas piadosas hacían lo imposible por bautizarlos antes de que muriesen. Pero cuando se descubrió que ese lugar no ha existido jamás resulta ya innecesario tratar de bautizar a esos pequeños. Porque además hemos comprendido que bautizados o no, musulmanes o cristianos y aún hasta los malos, el Buen Dios acoge a todos en su casa.
- ¿Hasta los malos? Se asombra mi dulce pirata.
- También, ¡sí!
- Entonces ¿de qué sirve hacer el bien?
- Sirve para hacer el bien, simplemente. Y eso nos hace felices como lo eres tú misma. Porque tú irradias felicidad.
Salwa es en efecto feliz con su vida. No lamenta haber bautizado a esos 600 niños musulmanes que morían en sus brazos porque para ella era lo mejor que podía hacer. En cuanto a lo que les sucedió luego de haber dejado este mundo ¡quién podría saberlo! Podríamos sin embargo anticipar con certeza que no hay un Dios y un paraíso para los cristianos, ni un Dios y un paraíso para los musulmanes. Solo existe la morada de Dios. Y allí todo es bueno y bello.
Salwa no se asombra más de lo esperado pero tiene necesidad de reflexionar. Acostumbra a seguir el camino que le señala su corazón.
Salwa no es solo una partera es también una mujer sabia. Me recuerda a Shiphra y Pua las dos parteras a las que el Faraón había ordenado matar al nacer a todos los hijos varones de los hebreos. Estas dos mujeres también escucharon a sus corazones. Decidieron desobedecer la orden del rey y salvaron la vida de los niños de su pueblo (Ex 1,15-21)
Uno de ellos fue Moísés, aquel gigante que posibilitó el surgimiento de tres  epopeyas entre las más grandes de la historia, el judaísmo, el cristianismo y el islam. Sin aquellas parteras los faraones hubieran ganado seguramente una vez más y la historia hubiera perdido una parte enorme de su humanidad.
Salwa, Shiphra y Pua me recuerdan a otra partera, Romelia, que ayudó a nacer a casi todas las personas que habitan hoy Maimará y sus alrededores. Ella ha sido la segunda mamá de todo un pueblo que le profesa un afecto sin límites. 
                                                              
Hoy en día Romelia se ha convertido en una frágil y linda abuelita de más de 90 años. Un terrible accidente la ha privado de una pierna pero todavía camina apoyándose en dos de sus nietos o con la ayuda de dos bastones. Recibe y escucha a todo el mundo prestándole atención a cada uno de los que la visitan.
Pienso que estas cuatro mujeres habrían de ser imagen de la Iglesia de Jesús:
·        sería como Salwa, alumbradora de vida que solo obedecería a su corazón,
·        sería como Shiphra y Pua y frustrarían a todos los faraones que amenazan deshumanizar a los humanos.
·   sería como Romelia, solo ternura para todas y todos los que siguen naciendo en este mundo.

Eloy Roy


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