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viernes, 5 de octubre de 2012

PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN



 LA MUJER ENCORVADA



La mujer no podía enderezarse.  Hacía dieciocho años, dieciocho siglos, milenios  que andaba doblada, agachada, encerrada en sí misma, amarrada.

Era obra del mandinga, decía la gente, pues no era un secreto que las mujeres  tenían inclinación hacia él. Pactaban  con él para hacer cosas raras. Curaciones, por ejemplo, dar a luz, ver cosas…

Primero hemos tapado a las mujeres de pies a cabeza y las enclaustramos. Muchas fueron apedreadas porque se creía que eran pocas las que no tenían algo de putas. Imputarles los defectos y pecados de los hombres era lo común. Si un hombre  violaba, estrangulaba, destrozaba, mataba, enseguida se decía: “busquen a la mujer”…

Luego las hemos quemado vivas. ¿Caía una desgracia sobre el pueblo? Era culpa de alguna bruja. Se lanzaba entonces una caza de brujas hasta dar con una. Si una mujer tenía demasiado cariño a algún gato,   si salía a recoger hongos extraños por los bosques, si iba mucho a misa o iba demasiado poco, si tenía los ojos enrojecidos (¿cómo no,  si las pasaba cocinando encima de las llamas del hogar? Pero no se pensaba así tan lejos…); si tenía una verruga o alguna mancha rara sobre el cuerpo, esa mujer, con toda seguridad,  era bruja.  Se la quemaba viva en la plaza del mercado. Muerto el perro, se acababa la rabia… No más granizo, no más gripe, no más incendios, no más males de dientes en el pueblo. Por un momento al menos. Todo el mundo estaba contento.

Durante dieciocho siglos, o milenios, a las mujeres se les ha obligado a  vivir dobladas,  replegadas sobre sí mismas, atadas. Se las sometía a tareas repugnantes y a trabajos muy duros.  E incluso a la mutilación, como sucede en algunas culturas.  O a la violación, a la esclavitud sexual y a los crímenes de honor, como sucede aún todos los días. Cientos de millones de mujeres no han podido nacer, o fueron matadas al nacer, por el único “error” de no ser varones. Porque no ser varón y ser mujer nomás, para  muchos aún, es una tara, un accidente de la naturaleza o, en el mejor de los casos, un mal necesario.


Las mujeres tenían el derecho de ser sirvientas, juguetes, muñecas o trofeos del varón. Tenían el deber de hacer gozar al varón y darle descendientes, pero ellas mismas no debían gozar.  Por cierto, los varones querían a las mujeres, pero en esas condiciones.

Ellas podían bordar y tocar piano, pero los grandes estudios les estaban prohibidos; no podían hacer cheques ni firmar contratos,  ni votar. Para entrar en una iglesia debían envolverse en miles de trapos.  

Puesto que esa era la triste suerte de las mujeres, no extraña el que, hasta hoy en día, el buen judío ortodoxo, al salir de la cama, haga esta oración a Dios, cada mañana: “Te doy gracias, Señor, por no haberme hecho mujer.”

En nuestras sociedades menos tradicionales, las cosas han cambiado. Tras luchas épicas, llevadas sin armas y sin derramar una gota de sangre, las mujeres lograron por sí solas conquistar el reconocimiento de su dignidad y de sus derechos esenciales. Pero mucho camino queda aún por recorrer  para que las mujeres de todas partes sobre el planeta sean felices de ser mujeres.  

En América Latina, en donde se encuentra la mayor concentración de católicos del mundo, las mujeres llenan las iglesias. Sin ellas, la Iglesia se habría muerto.  Pero allí, como en otras partes del mundo, la alta jerarquía ha decretado que, cuando la mujer fue creada por  Dios, él la hizo irremediablemente incapaz de celebrar una pobre misa. Eso estaría inscrito para la eternidad en el genoma femenino…

Esta misma jerarquía está actualmente movilizando todas las fuerzas de la Iglesia para largar una “Nueva evangelización” a escala mundial. Pues bien, mal que les pese a estos señores, aquí va una Buena Noticia de parte de Jesús que no vendría mal que la inscriban para la eternidad en el genoma de la Iglesia:

Una mujer estaba allí. No pedía nada. Hacía dieciocho años que  vivía doblada en dos, encerrada en sí misma, amarrada. “Estaba tan encorvada que no podía enderezarse de ninguna manera” Jesús la vio y se conmovió hasta las tripas. Extendió sobre ella su mano fraternal y le dijo: ¡“Mujer, quedas liberada! ”   Al instante la mujer se incorporó y quedó derecha como un árbol. (Lucas  13, 10-14).

La alta jerarquía arremetió enseguida contra Jesús por haber  curado a alguien justo un día sábado. Aquello estaba terminantemente prohibido en virtud de la alta sacralidad de ese día. 

Con los obsesionados de lo sagrado y guardianes de lo “inmutable” es siempre lo mismo: una mujer vale menos que un burra o una vaca (por favor, leer bien el texto), y todo lo que no está controlado por ellos es obra del diablo.

Irónicamente, fue por  amarrarse a leyes o creencias “inmutables” como nuestra pobre Iglesia (que por otra parte hizo cosas muy buenas en su historia)  logró convertirse a sí misma en una vieja mujer completamente encorvada.  Esperemos que la Buena noticia de Jesús con relación a  ese problema le dé ganas de enderezarse y ponerse de nuevo a crecer derecha como un árbol. Y que, al nombre de  Jesús, en todas las iglesias del mundo y fuera de ellas, las mujeres de la Tierra gocen de la entera libertad de andar sin miedo y con la frente en alto. Y que puedan dar misas si a Dios le gusta.

Seguro que a Dios le ha de gustar puesto que a la mujer, al igual que el varón, él mismo la creó a “su imagen y semejanza” (Génesis 1, 26-27).

                                                               Eloy Roy

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