El cóndor
es el pájaro más grande del mundo. Vive en los Andes, en Sudamérica.
Un día,
una mujer encontró un huevo en la montaña. Era un huevo de cóndor. Lo llevó a
casa y lo puso bajo una de una gallina que estaba empollando.
Cuando a
los huevos les llegó la hora de nacer, apareció en medio de la pollada de
lindos polluelos de plumón rojizo, un curioso pollo más grande que éstos y de plumón negro. Era
un condorito.
La
gallina lo amó igual que los demás y lo crió como un hijo. Junto a sus hermanos
y hermanas, el condorito aprendió a cloquear y cacarear como un pollo, y a
escarbar el suelo con sus patitas para buscar semillas y otras cosas para comer.
De vez en
cuando al condorito le entraban unas ganas tremendas de aletear. Se sorprendía
a veces en dar brincos en
el aire como para volar, pero nunca voló de verdad, porque en su entorno
nadie volaba.
Llegado
ya a adolescente, el condorito, un día, divisó un pájaro espléndido planeando
con gracia y majestad en el azul del cielo. Ante ese espectáculo su corazón se puso a dar
latidos muy fuertes y una sacudida eléctrica le atravesó todo el cuerpo. Sentía
por dentro una fuerza irresistible que lo empujaba a alcanzar
a ese pájaro inmenso cuyas alas rocían las nubes.
En el
mero momento en que iba a tomar su
impulso para arrancar hacia arriba, su buena madre de gallina que no había
perdido nada de la escena, lo paró en seco. El joven pájaro, muy excitado, le
enseñó lo que sus ojos estaban viendo en el cielo y le preguntó:
-
Madre, ¿qué será, ese gran pájaro tan bello que vuela así tan alto en
el cielo?
La
gallina se mostró muy contrariada y le respondió:
-
¿Eso? Bah… es solamente un
cóndor, una cosa inútil en la que nunca te fijarías si te concentraras en tu
tarea de sacar tu comida del suelo y si dejaras de soñar despierto con cosas en
el aire. No son los cóndores los que nos
dan de comer, mi hijito, por lo tanto ¡olvídate de ellos!
Una
gallina vecina que lo había oído todo vino a reforzar lo de la mamá:
-
Nosotros somos de la tierra,
dijo ella. Tenemos que trabajar para vivir. No perdemos tiempo como esos bichos de arriba que se dejan llevar por el viento.
El joven
cóndor supo que tal era la ley de las gallinas y que le convenía acatarla. De
todas maneras, no conocía otra. Guardó
sus alas y con el tiempo se olvidó por completo de ellas. Luego vivió y murió como un pollo.
Creo que
esta historia es la más triste que yo haya escuchado en mi vida. Pues a mis
amigos amerindios del altiplano andino les tocó vivir algo muy parecido. Al
origen, ellos mismos eran cóndores, pero vino otro pueblo que los conquistó y
los forzó a no usar más sus alas. Esfuerzos heroicos hicieron ellos para
recuperar su capacidad de volar, pero al
cabo de más de quinientos años, muchos de ellos siguen viviendo y muriendo como
pollos.
Esta
historia es también la de todos los pueblos originarios de América y es la de todos los antiguos esclavos. Es la historia
de todos los pueblos e individuos que no
saben que tienen alas, o que ya no saben cómo usarlas, por ignorancia, por
miedo, por falta de confianza…
Es
también la historia del mundo que valora sólo lo que arroja beneficios económicos. Todo aquello que no da plata se abandona,
se desprecia, se elimina. La educación, la salud, la política, la sabiduría, la
belleza, la espiritualidad, los ocios, la simple humanidad son estimados útiles
solamente en la medida en que producen dinero. Manda la ley de las gallinas: “No son los cóndores los que nos dan
de comer, mi hijito, por lo tanto ¡olvídate de ellos!”…
Esta
historia del cóndor que se ha convertido en pollo es la de nuestro mundo
enajenado que no cree en nada, o que cree en cualquier dios, excepto en el Dios
que da alas para que volemos hasta Él.
Esta
historia está muy presente en aquella Iglesia que está manejada por funcionarios, la que desconfía de los grandes sueños, y no toma
en serio el “Reino” por el que Jesús vivió
y murió.
Es, finalmente,
mi propia historia, la de un hombre que no se anima mucho a creer que pueda ser
otro cosa que un pollo.
Jesús fue
un joven cóndor. Él sí se atrevió a volar con sus propias alas. Pero las gallinas
prosaicas, las gallinas equilibradas, las gallinas que confunden la salvación
con la seguridad, las gallinas que saben lo que le conviene a la sociedad,
se las arreglaron para matarlo.
Este
crimen se comete todos los días, a todos los niveles, y a menudo con las
mejores intenciones del mundo.
Mozart asesinado…
Eloy Roy
Belisima reflecion Nene!!!
ResponderBorrarMe encanta leer tus articulos.
Muchos Saludos...