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domingo, 27 de enero de 2013

EL HIJO DEL REY SE CASA



Todo el mundo va al cielo, “los malos como los buenos”. Lo afirma el mismo  Jesús  en una pequeña historia sobre un rey que ofrece un gran banquete para las bodas de su hijo. No todos, sin embargo, están de acuerdo… Hoy como ayer.  (Mateo 22, 1-14).



El Rey


El hijo del rey se va a casar con la muchacha más hermosa del país. El  papá está loco de alegría. La  boda va a ser grandiosa. Tirando la casa por la ventana, el viejo convida a  los “pilares de su reino” a un banquetazo que promete hacer historia.
Dichos “pilares” son como la misma familia del rey. Son gente que otrora han peleado mucho por el reino. En agradecimiento, el rey les ha conferido títulos de altísima dignidad y asignado los puestos más prestigiosos de su gobierno.

Pero estos grandes dignatarios no comparten en nada la 

alegría del rey. Al rey le tienen respeto, porque siempre veló

por los intereses de ellos, pero al hijo lo odian. Para ellos, 

ese hijo sin experiencia no es más que un peligroso 

soñador.

Ese hijo pretende que el pueblo sofoca en el reino y que grandes cambios son necesarios. Según él, hay que sacudir las viejas tradiciones, flexibilizar las leyes, rejuvenecer las estructuras, ponerse al día, abrirse al mundo, otorgar a todas las personas la oportunidad de crecer y de realizarse.  Hay que cambiar de mentalidad, tener visión, no temer la novedad. Recomenzarlo todo desde cero si necesario para que el pueblo respire.

Ese lenguaje del hijo del rey choca profundamente a los dignatarios del reino que se consideran a sí mismos como los padres, los protectores y los bienhechores del país.
No irán a la boda. La van a boicotear. Inventando mil pretextos, mandan a  avisar al rey que “con mucho pesar” no van a poder participar de la  fiesta.

Para el rey, el golpe es duro, pero se lo traga. Sabe cuánto los “pilares” de su reino están apegados a su poder.  En varias oportunidades él les había rogado, incluso suplicado, que pensaran en promover  serios cambios para remediar al descontento que estaba creciendo en el reino, pero cada vez era como hablar con sordos. Solo el hijo hacía suya la preocupación de su padre. 

“Puesto que los grandes no quieren de mi banquete”, declara el rey, “¡voy a invitar a los pequeños!” Al instante, mensajeros salen a las cuatro esquinas del reino para anunciar a los habitantes que todos son más que bienvenidos a la gran fiesta.   

En un tiempo récord los suntuosos salones del palacio se llenan con un gentío increíble en el que se apilan “malos como buenos” – todos pobres según Lucas 14, 21-23.  Comienza la fiesta. Todos comen y se divierten a más no poder. El rey está en la gloria.

En el punto máximo de la fiesta, el rey se levanta y, con el corazón en la mano,  anuncia que ha tomado la decisión de encargar a su hijo amado una misión que exigirá mucho valor y sabiduría. Esta misión muy especial  consistirá en impulsar sin tardar en el reino todos los cambios necesarios, aun los más radicales, para que cada persona que viva en él beneficie de una vida realmente libre, sana y más auténticamente humana.


El hijo


El hijo  acepta la misión con agradecimiento y gran entusiasmo y, sin perder tiempo, proclama una serie de buenas noticas que caen como pan y vino del cielo en la boca de los invitados. Son diez.

     Valiéndome del mandato que en este momento me confía mi padre,  tengo el sumo placer de anunciarles lo que sigue:

-        A partir de hoy todas las deudas quedan perdonadas.  Ya no se debe más nada a nadie, y las propiedades confiscadas vuelven a sus dueños originarios.
  
     Toda forma de esclavitud, aún la más sutilmente disfrazada, queda abolida  para siempre.

-         El reino de la guerra, de la venganza y de la violencia hoy se acaba.

-           Se acaba también la religión de la letra, del rigor, del miedo  y de aquellas reglas exageradas que, lejos de honrar a Dios, lo hacen odioso.

-           En adelante el rey deja de concentrar el  poder en sus manos y se pone por entero al servicio del pueblo para que el pueblo crezca y  tome en sus manos su propio destino.

-          ¡Sí, felices los pobres, porque hoy la pobreza se desvanece como neblina al sol de la mañana!

-         ¡Felices los hombres y mujeres que tienen hambre y sed de justicia, porque a partir de ahora van a obtener plena satisfacción!

-         ¡Felices todos nosotros porque, al asentar nuestras vidas sobre la roca del respeto, de la verdad y de la libertad, y al hacer de la compasión, de la solidaridad y de la justicia nuestra bandera, inauguramos en este día la era de la Paz!

-         No faltarán dudas, burlas, persecuciones ni cruces, pero nos incentiva en sumo grado saber que el camino que hoy emprendemos es el de los profetas.

-        ¡Regocijémonos porque  el Reino de Dios ya está en marcha!

Con este  discurso todos los corazones estallan de alegría. Los aplausos llueven, las ovaciones son interminables.  No paran los brindis, los vítores y los juramentos de fidelidad al rey, a su hijo y a Dios. De una sola alma todos se comprometen a entrar a pie firme en la maravillosa alianza sellada en esas bodas.


La serpiente

Mientras tanto, colándose como una serpiente por una puerta de atrás, un oscuro personaje  se ha metido en el palacio. Busca pasar inadvertido, pero con su anticuado atavío negro todos lo notan. Echa por todos lados miradas sombrías, pareciendo más nervioso que un pescado caído en un mar de lodo. No toca ningún alimento y no habla con nadie. Ni puede  creer lo que sus ojos ven.

Lo que el colado ve con ojos desorbitados es cómo el rey ha perdido la cabeza dejando entrar en su casa un revoltijo de gente mezclado de “buenos y malos”. A sus oídos el discurso del hijo suena como una declaración de guerra a los “pilares” del reino. “¡A ese hijo hay que matarlo!”, piensa él. Al instante cae muerto en redondo.


Al igual que ese oscuro personaje, muchos no aceptan que el Evangelio sea una Feliz Noticia para todo el mundo. Ellos mismos se excluyen de la vida nueva a la que Jesús convida la humanidad y cortan el camino  a las multitudes que quisieran entrar en ella. (Mateo 23, 13-14).

Son ellos los que han cerrado las ventanas de la Iglesia que el Espíritu Santo había logrado abrir en el  concilio Vaticano II. Han forzado la Iglesia a replegarse sobre sí misma y la han vaciado de las tres cuartas partes de sus fuerzas vivas.

No hay nada como los miedos, los complejos, los prejuicios, los fanatismos,  los tabúes, las creencias pétreas y la paranoia erigida  en virtud, para arruinarse la vida y envenenar la del mundo entero. Nada peor que los intereses de clase o esas visiones de futuro que, en realidad, no son más que intentos desesperados por perpetuar el pasado.

Mientras que los encargados del orden retiran discretamente el cadáver del hombre oscuro, la fiesta sigue adelante para mayor alegría del rey, de su hijo y de toda la linda gente acudida a la boda.


La novia


A propósito, ¿quién puede ser la maravillosa novia con la que el hijo del rey se ha casado hoy?

Algunos dicen que es Utopía, otros creen que es más bien Locura. En realidad, es Sabiduría, la misma sabiduría de Dios, la que penetra la Creación hasta sus raíces y la conduce sutilmente a su plena realización.

La Sabiduría tiene una energía  que sobrepasa la de la luz, del agua y del viento. No es ni un sueño, ni una hermosa ilusión.  Es la misma fuente de toda Realidad. Ella es la que hace que las flores se abran y crezcan los bosques, que la Luna gire alrededor de la Tierra y la Tierra alrededor del Sol. Y aunque sea ajena a toda forma de magia, puede mover las montañas y resucitar los muertos. Ella es capaz de despertar suavemente en el ser humano energías todavía dormidas que, un día, le permitirán tocar las estrellas. 

Es ella la que el hijo del rey ha tomado por esposa y la que le ha inspirado todas sus palabras.


Fin   


Ya sabemos cómo todo terminó. Al hijo lo mataron y a la Sabiduría la echaron.

Por millones de “buenas” razones”, naturalmente…

¿Quiénes cometieron ese crimen? 

Ciertamente no los “malos” que habían concurrido a la boda y que habían vibrado con las palabras del hijo, sino los “buenos” que habían boicoteado la fiesta.

¿No podría esta historia tener, algún día, un final menos triste?...

                                  
                                                                 Eloy Roy


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