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miércoles, 8 de junio de 2016

JULIÁN, EL AUTOR DE LA BIBLIA

            


Para nuestra sensibilidad moderna, Julián Vézina*, gran misionero ante el Señor, no es un modelo para imitar. En todo caso, es inimitable.

En las montañas del sur de Honduras cuyo clima es muy caliente y la vida muy sacrificada, Julián es el hombre más libre del mundo.  Se olvida de comer, casi no duerme, no para. Tiene  la pasión de andar con los humildes, de agradarles y servirles.  Juega al gato y al ratón con los niños, saca los dientes a cuantos lo necesitan, y,  si no hay partera para atender a una parturienta, él hace de partero. Desempleo, no sabe lo que es.

Cuando uno es Julián Vézina, aún los niñitos de pecho integran la Cruzada Eucarística y reciben la santa comunión junto con los  adultos, sin confesión, vale decir… Para dirigir las bandas de música en las fiestas patrias, no hay quien compita con él. No hay tampoco un instrumento roto que no sepa arreglar ni uno que no sepa tocar. Escribe a máquina a velocidad de relámpago. A los campesinos desesperados que no tienen papelitos para comprobar que han nacido, Julián  les crea  sin pestañear documentos de identidad. Eso sucede allí donde los registros civiles han sido robados y los de la parroquia, quemados. ¿No tienes  partida de bautizo? Julián te soluciona esto en un santiamén. Él recoge los datos que la misma gente tiene en memoria. Si ésta vacila, la imaginación del padrecito suple. Así Julián va fabricando alegremente miles de documentos con sello, firma y todo. Al entregar el papel precioso a cada nuevo ciudadano, o ciudadana, dice nomás: ¡“Siguiente!”. Por cierto, no cobra nada. Frente a la casa parroquial, cada día las colas se hacen más largas….

Su catequesis utiliza una tecnología de última generación.  Bajo las estrellas de la noche, las paredes encaladas de las capillas sirven de pantallas a la proyección de las películas fabricadas por Julián. No las hay parecidas en el mundo. El material es transportado a través de las montañas por una caravana de siete u ocho mulas, de las que se destaca Anselma,  su mula preferida. Él mismo Julián realiza el montaje de sus películas con secuencias “prestadas” (para usar un eufemismo) de  otras películas de su colección privada. Las empalma  unas con otras siguiendo una trama surrealista cuyo secreto solo él conoce.  Escenas de animación sobre Jesús y María se entremezclan con aventuras de Mickey Mouse y de Tom and Jerry, seguidas por otros temas tan cruciales para la salvación como los goles más espectaculares del CH de Montreal en la serie final de la Copa Stanley, o el santo rosario en familia con el Cardenal Léger, sin olvidar a Cantinflas, ni a  los hermanos Max y tampoco las apariciones de Fátima…  

La fuerza física de Julián es herculina.  Un día, estando en Cuba -  antes de su desembarco en Honduras fue misionero en Filipinas y en Cuba - Julián sale a la calle vestido de  sotana blanca. De camino se topa con dos pesos pesados malcriados que lo tratan de maricón por salir así vestido de mujer. Sin decir ni mu, Julián los agarra a ambos por el pescuezo y, alzándoles al aire, los golpea cara contra cara como en los éxitos más geniales de los Tres chiflados.

La fuerza de nuestro Tarzán impone respeto. Los militares más pitbulls  y los presos más canallas lo saludan con prudencia. Cuando habla, no se escucha volar ni una mosca, y por muy increíbles que sean las  historias que él cuenta, todos lo creen.  Por ejemplo, para exhortar a los padres a criar a sus hijos como corresponde, les recuerda que, cuando estaba él en Cuba, Fidel Castro era chico; era incluso su monaguillo. Les dice: “Cuántas veces tuve que machacarle a la mamá que tenía que  mandar a su Fidelito al catecismo, pero esa mujer jamás me hizo caso. ¿Qué pasó? ¡El Fidelito se convirtió en ese tirano  barbudo que está asustando a medio mundo!”

Julián no impresiona sólo por sus músculos y sus historias, sino también por su candor y su ternura. Bajo su caparazón de boxeador, tiene un corazón de niño. Su arma preferida para abrir los corazones son los caramelos. Siempre tiene al alcance de la mano una bolsa llena de esas armas de conversión masiva para distribuirlas a los que el destino pone en su camino: a los chicos que lo toman por su papá, a las abuelitas que lo admiran como si fuera Diosito, a los policías armados hasta los dientes y que se creen dueños del mundo, y a los criminales más duros que odian a muerte al mundo entero. Con caramelos se hace amigo de  toda esa gente linda. Jesús dijo: “Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia”, pues bien, nuestro buen Julián cumple con esa bienaventuranza sembrando caramelos.

Sesenta años atrás, los sacerdotes tienen estrictamente prohibido  celebrar más de una misa por día, pero a  veces Julián celebra hasta cinco misas en un solo día.  A él lo que le importa no es la ley sino la gente. En su inmensa parroquia la gente vive dispersa en distintas aldeas, de las cuales muchas se encuentran muy lejos de la iglesia principal. Para Julián esto no es un problema: si la  gente no puede ir a la iglesia, la iglesia va a la gente.  En su primera misa de la mañana él consagra previamente las hostias y el vino que va a utilizar en sus “misas”  no autorizadas. El ritual de éstas se desarrolla siempre en forma  impecable  y  con piedad perfecta. Como todo se hace en latín y a voz baja, Julián no pronuncia las  palabras de la consagración y nadie se da cuenta…Ni dios se da cuenta de la trampita…  Desde la señal de la cruz del principio de la celebración hasta la bendición final, la misa dura apenas diez minutos, cantos y homilía incluidos. Nadie se queja.   

Si vives bajo el mismo techo que Julián, no te sorprenderás que  de tus sábanas, toallas, calzoncillos, camisas,  pantalones, calcetines, manteles de altar, sotanas y roquetes  cosas vayan desapareciendo como por encanto. Es la “mano invisible” de Julián la que ha pasado por allí. Ella te va desnudando sin violencia de tus prendas superfluas y con éstas viste a los desnudos.

Ese inefable camarada que saca a los que tienen para dar a los que no tienen, usa métodos más eficientes que el agua bendita para abrir los caminos de salvación. Con el Evangelio en una mano y  palos de dinamita en la otra, Julián hace volar todo lo que en la geografía atormentada del país bloquea el paso de la santa jeep del misionero.
Es así como la Buena Nueva termina llegando hasta los más lejanos.

Dice Jesús que Dios habla por la boca de los humildes, pues bien, por  boca de una abuelita campesina y su nietita muy avispada me vengo a enterar que solo los ignorantes pretenden que es el santo Papa quien  escribió la Biblia: “No es el Papa, pué, ¡es el Padre Julián!”…. ¡Qué se den por enterados los sabidos!

En la cárcel de Choluteca, el Padre Julián es capellán. Él es la alegría y el consuelo de los presos. Sucede que, en estos días, la cárcel prepara con febrilidad la visita oficial de la Primera Dama del país. Esperando que se muestre generosa para con  esta institución que se hunde en la miseria, Julián se encarga de organizar la recepción. Entre mil cosas enseña cuidadosamente a sus amigos presos – muchos de ellos  asesinos notorios - cómo deben aclamar a la augusta visitadora. Cuando llega por fin el gran día y que todo está listo, la Primera Dama, Doña Alejandrina Bermúdez de Villeda Morales se persona en la cárcel. Mientras una banda desafinada toca una música de fiesta, la Señora aparece al brazo del Padre Julián. Al instante un clamor sube al cielo. Pero lo que se oye no es: “¡Qué viva la Primera Dama!”, sino: “¡Qué viva el Padre Julián!” El pobre Julián está que se lo traga la tierra.  Gracias a Dios, Doña Alejandrina, que es muy católica y  misericordiosa, toma la cosa de buena cara y se ríe de corazón. Más adelante la Dirección de la prisión recibe de ella una generosa subvención. Sólo Dios sabe adónde habrá ido esa plata … Que si hubiera caído en manos de nuestro buen Robin Hood de Julián, los presos ya tendrían más cigarrillos para fumar, más tortillas para comer, acaso un pizarrón nuevo para estudiar y más de una visita al año de parte del médico.

Finalmente, después de años, ya envejecido y enfermo, el buen Padre Julián vuelve a su tierra natal de Québec en Canadá. Se instala en  San Cuthbert. Junto con su hermana, por lo menos un par de veces a la semana carga su auto viejo con mercaderías y ropa usada y sale a distribuirlas a los pobres. Hasta sus últimos días así sera la vida de él. 

Por cierto, Julián no fue ni un cura de Ars, ni un nuevo Moisés, ni un Che Guevara, ni una Madre Teresa, ni mucho menos un misionero reciclado modelo año 2000 y pico… Fue el “Padre Julián” nomás. Lo que es bastante.

Pese a que  él y yo fuéramos tan parecidos como el día y la noche,  a Julián siempre le tuve mucho cariño. Su partida me conmovió. Ese hombre había sido de verdad una maravilla de Dios.

Su cuerpo fue confiado a la Madre Tierra en el pequeño cementerio de las Misiones Extranjeras de la Isla Jesús, en la línea que separa el Valle del San Lorenzo de aquel territorio desconocido que los antepasados llamaban “las Indias Occidentales”. 

Allí se encuentra la tumba de Julián, al que unos pobres de este mundo estimaban ser “el autor de la Biblia”…  
                                                                  
                                                                   Eloy Roy



JULIEN VÉZINA, p.m.é.                                                                       
1913-1983
Misionero
En Filipinas : 1941-1945   
En Cuba : 1945-1956.         

En Honduras : 1956-1965

Falleció en LavaL, Québec, Canada, el 14 de febrero del 1983
            
          
                   


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