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miércoles, 15 de abril de 2015

TIRADO AL MAR

ENRIQUE COURSOL


92 años de juventud y de liberación - febrero 2015 

Apenas llegado a Choluteca, en 1954,  tanto me tocó chapotear en el agua bendita y en los bautismos que me asaltó la extraña  sensación de que alguien me había tirado al mar. Las filas de espera para hacer bautizar a los niños eran interminables.  Esa hambre de bautismos se explicaba por el hecho de que, antes de la llegada de los padres canadienses,  esa  región del sur de Honduras  no veía la cara de ningún sacerdote sino muy de paso y a cada muerte de obispo cuando mucho… Por eso, muchos niños ya grandes estaban sin bautizar y nosotros tuvimos que pasar meses bautizando sin parar.

Casi me ahogaron los sacramentos. No se podía seguir así. Éramos conscientes de que la misión iba al revés. En vez de evangelizar primero y después pasar a los sacramentos, el respeto a la cultura de la gente nos exigía que comenzáramos  por los sacramentos para… terminar con el Evangelio.  Pero, pensándolo bien, ¿por qué no?

El sur de Honduras no atraía a los extranjeros, porque, además de ser una región pobre, era un vivero de  malaria. A Edgar Larochelle, superior general de la SME, le escribí entonces las siguientes letras: “Estamos hundidos en un pozo olvidado de Dios y de los hombres. Trabajamos de sol a sol y aun de noche. El calor nos mata. Los zancudos son insaciables. La malaria y las amibas nos están acechando constantemente. Y, para colmo, a mucha gente no le gustan los curas! ” El Superior me respondió: “Es precisamente por eso que les enviamos allá, porque ése es uno de los lugares  del mundo que más necesita de nuestra ayuda. ¡Ánimo, pues! Les vamos a mandar refuerzos. ” De hecho, las SME envió mucha gente a Honduras. Nunca hemos estado solos. 

Antes de nuestra llegada, era un milagro el que un sacerdote se acercara a aquella zona del país. Esa aventura no era muy agradable.  El sacerdote se trasladaba a todas partes a lomo de mula como un peón de los caciques, haciendo miles de “bautizos”, rezando innumerables misas en latín y millones de “responsos” por los muertos. Ganaba su vida con eso, triste y penosamente.

Solos, sobrecargados de trabajo y a menudo  tratados como mercenarios, los escasos sacerdotes itinerantes quebrantaron uno tras otro, dejando una imagen muy negativa del sacerdote. De modo que cuando la gente  nos vio llegar allí  con nuestras sotanas blancas, muchos nos tomaron por unos nuevos explotadores venidos del extranjero. En las ciudades y pueblos más importantes, se nos miraba con mucha desconfianza, e incluso con desprecio, simplemente porque éramos sacerdotes. Con los campesinos, no obstante, todo fue muy diferente; al poco tiempo nos hicimos amigos de por vida.

Desde ellos sobre todo, y desde los más pobres, los más alejados, los más humildes,  nuestra misión pronto se transformó en un gran movimiento para el renacimiento de todo el pueblo. Mi evangelio post sacramental en esto consistió: “al necesitado dale una mano; al aplastado, ponlo de pie”. Y eso, no sólo a nivel individual, sino también a nivel de toda la sociedad. A partir de allí mi evangelio se fue convirtiendo por sí solo en un compromiso social y en una lucha constante por un desarrollo  humano integral abarcando la salud, la educación, la cultura,  la espiritualidad, la economía, la política, en una palabra: todo lo que hace al ser humano.  

Nos jugamos por ese caminar misional y también no pocas veces fuimos combatidos a causa de ello. Yo mismo, según una fuente episcopal muy segura,  tuve el privilegio de ser “caritativamente”  clasificado como “comunista” en las fichas vaticanas… No cabe duda que mi gran pecado fue el haber dado testimonio de que tanto la Justicia como la Liberación eran Palabra de Dios… ¡Qué alegría! Pues yo no estaba solo en esa lista negra: allí también debía figurar un cierto Jesús de Nazaret y algunos compañeros míos entre los más corajudos que tiraban de la carreta por los mismos senderos que yo.

Esta visión de la misión, en términos de desarrollo humano integral, yo la compartía a ciento por ciento con Marcelo Gerín, nuestro compañero obispo; de allí nuestra amistad indestructible.

Poniendo las cosas en perspectiva y aún mirándolas con ojo crítico, me alegra poder afirmar que, gracias a Dios y a la Virgen, y gracias también a nuestros esfuerzos encarnizados,  a través de nuestras múltiples organizaciones sociales y nuestras numerosas comunidades cristianas,  una gran parte de nuestro pueblo del sur de Honduras logró ponerse de pie.

La obra no está terminada aún, bien lo sé, y tal vez convendría recomenzarla a ciertos niveles, pero siento en mi corazón una profunda satisfacción: creo sinceramente que hemos hecho lo que teníamos que hacer. Sí, yo creo que hemos cumplido cabalmente con  nuestra misión, gracias también y antes que nada  al mismo pueblo querido de Honduras, el que, más allá de sus tribulaciones, sigue  llenándome de mucha esperanza. 

Editado por Eloy Roy,
enero de 2015








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